Intérpretes: Tom Cruise (Ray Ferrier), Dakota Fanning (Rachel), Miranda Otto (Mary Ann), Justin Chatwin (Robbie), Tim Robbins (Ogilvy)

La pelí­cula, una versión contemporánea del clásico de H.G. Wells, describe la extraordinaria batalla que se libra para salvar al género humano a través de las peripecias de una familia estadounidense y su lucha por sobrevivir. Tom Cruise es Ray Ferrier, un descargador de muelle, divorciado y padre nada modélico. Poco después de que su ex mujer (Miranda Otto) y su nuevo marido se vayan después de dejar a Robbie, su hijo adolescente (Justin Chatwin), y a su pequeña hija Rachel (Dakota Fanning) para una de sus contadas visitas, estalla una tremenda e inesperada tormenta eléctrica. Unos momentos después, en un cruce cerca de la casa, Ray es testigo de un acontecimiento que cambiará su vida y la de los suyos para siempre. Una enorme máquina de tres patas emerge del suelo y antes de que alguien pueda hacer algo, arrasa todo lo que está a su alcance. Un dí­a como otro cualquiera acaba de convertirse en la fecha más extraordinaria de su vida: el primer ataque aliení­geno contra la Tierra. Ray corre a por sus hijos para alejarlos del enemigo y se lanza a un viaje que les llevará por un paí­s devastado, atrapados entre la marea humana de refugiados huyendo de un ejército extraterrestre de Trí­podes. Pero por mucho que corran, no hay ningún sitio donde refugiarse, tan sólo la voluntad indomable de Ray para proteger a sus seres amados.

Contemplar un cielo estrellado suele ser una buena manera para que uno comience a hacerse una serie de preguntas acerca de nuestra existencia. ¿Estamos solos en el Universo? ¿Habrá vida inteligente en los incontables astros que se encuentran a años luz de la Tierra? Si la hubiera, ¿podrí­amos alguna vez contactar con esos seres? Su comportamiento… ¿serí­a hostil o amistoso? Gracias a la investigación espacial, denigrada con no poca demagogia por todos aquellos que están en contra de su alto coste, aun sabiendo los beneficios que ha aportado a la humanidad, no ya desde un punto de vista material, médico o cientí­fico, sino especialmente cognitivo, se ha abandonado en los últimos años esa absurda tesis según la cual la vida no existirí­a fuera de nuestro planeta.
Sin embargo, el agua parece encontrarse en abundancia en nuestro sistema solar, algo que muchos negaban hace no pocos lustros, aparte de que los astrónomos no cesan de descubrir nuevos astros, algunos con ciertas similitudes con la Tierra y, por tanto, de caracterí­sticas rocosas y no gaseosas. Ahora bien, siendo un entusiasta de todas las historias que semejantes planteamientos despiertan en la imaginación de numerosos autores, también me considero un realista y reconozco que es prácticamente imposible que dos civilizaciones avanzadas coincidan en el espacio y en el tiempo. Es una idea sugerente y se ha tratado en multitud de libros, pelí­culas y productos televisivos. Steven Spielberg lo ha hecho en anteriores ocasiones, pero ahora nos muestra esa posibilidad desde su vertiente más terrorí­fica.
Como afirma uno de los personajes del filme, lo que observamos no es una guerra, sino un exterminio. Sin embargo, y aunque un servidor tení­a esperanzas de que así­ fuera, no nos hallamos ante el largometraje definitivo que aborde una temática tan apasionante como la de las invasiones aliení­genas, algo que el director de La terminal (2004) sí­ consiguió cuando nos habló de pací­ficos seres de otros mundos en las excelentes E.T. El extraterrestre (1982) y Encuentros en la tercera fase (1977) Porque, que nadie se lleve a engaño, el último trabajo de Spielberg es una obra exclusivamente comercial que promete más de lo que da, si bien está muy por encima de algunos irritantes pasatiempos que se estrenan durante la temporada veraniega.
No conviene olvidar que uno de los guionistas de La guerra de los mundos es el sobrevaloradí­simo David Koepp, un discreto escritor que ha tenido la suerte de que algunos de sus libretos hayan sido convertidos en imágenes por insignes realizadores. Su labor en esta pelí­cula es bastante mejorable, de tal modo que la descripción de los personajes o la forma de justificar la llegada de los extraterrestres termina siendo absurda y despista al espectador. Pensemos, por ejemplo, en el ridí­culo empecinamiento de Robbie, el hijo del protagonista, en hacer frente a los conquistadores, o en la inclusión de clichés tan en teorí­a superados como la forma en la que Ray destruye a una de las máquinas en la que está prisionero. Por último, no serán pocas las controversias que levante la conclusión de este relato, aunque para ser justos esto es algo que cabe achacar a Spielberg y no a Koepp, pues resulta coherente con buena parte de su filmografí­a.

Los soberbios extractos sacados de la novela de H.G. Wells que abren y cierran la pelí­cula son, por contra, algunos de esos fragmentos que merecen ser rescatados de La guerra de los mundos. Tras una breve introducción a través de la cual conocemos el carácter de los personajes principales de la historia, Spielberg da una lección de cómo dirigir una cinta de acción a todos aquellos que lo único que saben hacer es marearnos con su estética videoclipera. A pesar de que la cámara está casi siempre en movimiento, el espectador se percata de dónde llegan los peligros y asiste con pesadumbre a la destrucción de todo cuanto rodea a Ray en este vibrante y angustioso comienzo (antes, y probablemente en una de las secuencias más espeluznantes de la cinta, ya presenciamos una serie de inexplicables fogonazos que acongojan al público tanto como a la familia Ferrier).
Asombrosa es también la pericia técnica del cineasta cuando nos enseña a Ray, Robbie y Rachel huyendo de la ciudad en un automóvil al tiempo que el segundo le pregunta a su padre qué es lo que está sucediendo. La visualización de los decorados es impresionante, al igual que la conjunción de los efectos visuales con las imágenes reales y el uso de las masas. Quizás donde Spielberg no sabe dotar al filme de una necesaria intensidad es en un instante en el que pretende crear suspense, justo cuando un tentáculo de una máquina busca a los supervivientes humanos en una casa donde se ha refugiado Ray y a la que incluso descienden los extraterrestres. Mas, no obstante, esto cabe encuadrarlo en el segundo tramo de la narración, sin duda el más irregular de La guerra de los mundos. También se echan en falta un mayor número de pasajes dramáticos, siendo en este sentido los diálogos escasos. Sin embargo, cuando Spielberg se centra en las relaciones humanas lo hace con la habilidad que tanto le caracteriza (cabe citar, por ejemplo, la escena en la que Robbie le reprocha a su progenitor que sea tan egoí­sta y que sólo piense en sí­ mismo).
La interpretación de Tom Cruise es muy correcta, siendo especialmente creí­ble en los momentos en los que su personaje se muestra superado por las circunstancias. Justin Chatwin y Dakota Fanning, quienes, por cierto, trabajaron en la miniserie “Abducidos”, son una muestra de lo bueno que es Spielberg trabajando con gente joven, aunque hay que reconocer que a estas alturas a nadie le sorprende el talento de Fanning (atención al ataque de pánico que sufre durante la huida en coche). Queda mencionar la banda sonora de John Williams, una partitura atmosférica de escasa duración, puesto que priman los efectos de sonido en la mayorí­a del metraje. No obstante, el maestro da muestras de su valí­a cuando emplea sabiamente la música en un instante en el que un amenazador tentáculo se retira tras rastrear una casa en la que se ocultan Ray, Rachel y Ogilvy, aparte de que se aleja de esos golpes orquestales a los que, por ejemplo, es tan propenso James Newton Howard en las obras de M. Night Shyamalan.

Precedida de una extraña campaña publicitaria que, más allá de la desmesura que ya es moneda común en este tipo de superproducciones y de la inteligencia con la que se han dosificado los muy cuidados trailers del filme, se ha destacado por las abusivas y un tanto draconianas condiciones a las que se vieron sometidos los medios en los pases de prensa previos al estreno -donde al parecer, los periodistas, además de ser cacheados y despojados de sus móviles, se vieron obligados a firmar un contrato de confidencialidad que les impedí­a publicar su opinión sobre el filme en cuestión hasta la fecha posterior al estreno, lo que en la práctica equivalí­a a no poder ejercer su trabajo de forma normal, un hecho tan insólito como injustificable se mire por donde se mire- llega a nuestras pantallas la esperadí­sima última pelí­cula de Steven Spielberg, una obra que sin duda marcará la temporada de verano no sólo por su previsible condición de taquillazo que, la verdad, no necesita en absoluto de extraños reclamos alejados de lo estrictamente cinematográfico como la campaña de promoción de ese Tom Cruise enamoriscado o la extravagante estrategia publicitaria disfrazada de montaje de seguridad que les describí­a hace un momento, sino que se basta y se sobra con la enésima demostración de talento de uno de los directores que mejor sabe utilizar la enorme variedad de recursos a su disposición para ofrecernos un impresionante espectáculo que es obligado disfrutar en su hábitat natural, es decir, en la sala de cine.
Steven Spielberg afrontaba varios retos en esta nueva versión, muy libremente adaptada, de la novela que H.G. Wells publicó en 1898 en la que se describí­a, simple y llanamente, la forma en la que una raza aliení­gena más avanzada que nosotros casi nos barrí­a de la faz de la Tierra con una superioridad insultante, acabando de un plumazo con esa infinita complacencia con la que los seres humanos nos hemos enseñoreado como reyes de la creación en nuestro mundo, una mirada crí­tica y concienciada a la sociedad de su tiempo que empapada de un darwinismo llevado a sus últimas consecuencias obligaba a un necesario baño de humildad. Para empezar, Spielberg tení­a que lidiar tanto con la existencia de buen puñado de obras precedentes que ya habí­an sacado excelente partido de las ideas de Wells, como el clásico de 1953 rodado por Byron Haskin o aquel hito radiofónico, impensable hoy en dí­a, con el que Orson Welles aterrorizó a gran parte de la población estadounidense en 1939; sin olvidar referentes más o menos recientes cuyas temáticas coinciden con la planteada por La guerra de los mundos, entre las que sin duda destaca con luz propia Señales, obra de ese excelente director que es M. Night Shyamalan. Por otro, Spielberg tení­a que enfrentarse al peso de su propia filmografí­a: convertido por méritos propios en el valedor por excelencia de esa visión del aliení­gena como embajador de buena voluntad en tí­tulos tan señeros como Encuentros en la tercera fase, E.T. El extraterrestre o incluso en A.I. Inteligencia artificial (2001) provocaba un innegable morbo ver al realizador hacerse cargo de una producción más cercana al espí­ritu de tí­tulos como Independence day (1996, Roland Emmerich) o Mars attacks! (1996, Tim Burton) en la que se nos muestra el lado más brutal y salvaje de esos aliení­genas que se dedican a destruir sin muchas contemplaciones, ni explicaciones, a cuanto humano se les cruza en el camino, reducidos a poco más que insectos a los que aplastar.


Spielberg sale triunfante en la mayor parte de esos retos. Para empezar, articula su pelí­cula desde un punto de vista exclusivamente humano e individualizado en las vicisitudes de un más bien desastroso padre de familia divorciado que no tiene ni la más remota idea de cómo debe afrontar la tarea no ya de educar a sus dos hijos, sino de obtener un mí­nimo de respeto o estima. Por supuesto, el exterminio provocará en él una reacción instintiva de protección y, al mismo tiempo, le dará un curso acelerado de paternidad responsable en un viaje que cambiará para siempre sus vidas. Este recurso de utilizar a esa familia desestructurada y llena de carencias afectivas como centro de la acción entronca de lleno tanto en la propia filmografí­a del realizador -y muy especialmente en esa inteligente y sutil trilogí­a sobre el desamparo y el desarraigo compuesta por A.I. Inteligencia artificial (2001) Minority report (2002) y Atrápame si
puedes (2002)- como en una querida corriente argumental muy propia del género del cine de catástrofes en el que la obligación de enfrentarse a algo que supera las circunstancias personales de cada uno de los protagonistas obligados a colaborar más allá de sus diferencias permite una suerte de catarsis emocional que ayuda a los personajes, caso de que sobrevivan, a superar sus problemas e incluso a mejorar como personas.

Esto dista mucho de ser algo casual. En realidad, en la modélica primera hora de La guerra de los mundos, Spielberg recrea con enorme acierto un ambiente más propio de una pelí­cula de catástrofes que de un filme perteneciente al género de la ciencia ficción. Se limita a describirnos a un conjunto de personajes que nos resultan de lo más familiar gracias a una serie de pinceladas que definen con precisión sus personalidades, ya sea la irresponsabilidad de ese padre incapaz de comunicarse con sus hijos o de atenderlos con el mí­nimo de cuidado exigible, la rebeldí­a y la rabia de ese adolescente desencantado o la inteligencia y la sensibilidad de esa niña que parece mucho más adulta de lo que en realidad es. Y sin mucho más preámbulo, entramos en materia. Pocas cosas provocan mayor terror o desconcierto que una subversión del orden natural establecido, y Spielberg saca buen partido de ello: la cuidada descripción de esa tormenta que tiñe el cielo de un color especial, seguida de una sucesión de rayos que causan la pérdida de toda fuente de energí­a provocan una angustiosa sensación de intranquilidad, que llega a su momento más álgido en la impresionante aparición de la primera máquina invasora, que emerge del suelo causando una enorme destrucción para el pasmo de los observadores. Spielberg, como ya hiciera en pelí­culas como Salvar al soldado Ryan (1998) o La Lista de Schindler (1993), fuerza de forma inteligente una completa identificación del espectador con la experiencia de Ray cuando el infierno se desata a base de planos subjetivos y una esmerada puesta en escena nada confusa que permite seguir con precisión todo lo que va aconteciendo, hasta tal punto que su impotencia y su angustia es también la nuestra, ya que poco más podemos hacer excepto acompañarle en su desesperado viaje.

Orquestando con precisión los múltiples elementos que conforman un sobrecogedor espectáculo y tratando de equilibrar ese vendaval de imágenes de destrucción masiva con el calvario que apenas está empezando a pasar esa familia en pleno proceso de huida como hilo conductor del relato, se nos ofrecen numerosas pruebas del talento visual de Spielberg no ya para contar una historia en imágenes de un modo que está al alcance de pocos realizadores, sino para causar una angustia más que genuina con detalles tan simples en su concepción como efectivos en su resolución. Así­, resulta difí­cil quedarse indiferente ante la dimensión del horror que supone observar ese rí­o por el que flota un cuerpo inerte al que siguen decenas de ellos, la destrucción causada por un avión estrellado -un impresionante trabajo de diseño de producción magní­ficamente aprovechado- o el plano en el que la multitud de un ferry observa con terror cómo uno de los trí­podes aparece amenazante en lo alto de una colina próxima.
La segunda parte del filme, en que la acción se aleja de las multitudes -capaces de lo mejor y de lo peor en tiempos de crisis, como la pelí­cula se esfuerza por mostrar- y se centra en la lucha por la supervivencia de Ray y su hija en ese sótano en el que son acogidos por el desquiciado personaje que interpreta un Tim Robbins quizás un poco pasado de vueltas, sirve, además de para que Spielberg vuelva a hacer alarde de cierto virtuosismo técnico en una escena de suspense un tanto alargada (y, reconozcámoslo, mucho menos efectiva que una bastante similar que acontece en Señales), para que comprobemos hasta qué punto puede evolucionar el personaje de Ray en su lucha por la supervivencia y la de su hija. Quizás es en esas escenas donde mejor se puede apreciar la complejidad de la composición que Tom Cruise imprime a su personaje en un trabajo bastante más inspirado de lo que en él es habitual, bien acompañado por esa inquietante niña actriz, Dakota Fanning, que más allá de algún que otro exceso vocal comprensible, cumple de sobra con un papel que le exige cierta variedad de registros.


Sin embargo, este segundo tramo resulta por comparación bastante menos interesante y logrado que todo lo que los artí­fices de esta producción habí­an conseguido hasta entonces. Principalmente porque no resulta muy de recibo que, tras todo el esfuerzo que supone construir la historia alrededor de las acciones de un hombre corriente enfrentado a algo que le supera en todos los sentidos y aun siendo lógico que ese proceso le lleve a hacer algún que otro acto audaz, el personaje de Tom Cruise disfrute de un par de momentos puramente heroicos que van completamente en contra no sólo de la condición de hombre normal de ese personaje, sino de todo lo hasta entonces esgrimido por el filme, una obra casi modélica en ese aspecto en gran parte de su metraje, aunque su retrato dramático y emocional sea de bastante menor calado que en algunas obras anteriores del propio Spielberg. No menos decepcionante, por más que resulte coherente con la resolución que todos conocemos de la novela original de Wells (de la que Spielberg no tiene inconveniente en alejarse cuando le resulta útil a sus intereses, razón por la cual la falta de decisión en este extremo resulta de lo más criticable), es ese desenlace un tanto ingenuo a estas alturas que desemboca en un final que, como por otra parte le sucede demasiado a menudo a este magní­fico realizador, malogra un tanto sus logros por ese inevitable exceso de emotividad que siempre le acompaña y una solemnidad complaciente que resulta un tanto fuera de lugar precisamente por todo lo apuntado a lo largo de la cinta.

Aun y con todos esos peros (y algún otro en el que no conviene detenerse demasiado, como la insostenible teorí­a del filme de que esos cientos de máquinas invasoras han estado enterradas bajo nuestras narices durante siglos sin que nosotros supiéramos de su existencia), La guerra de los mundos es una pelí­cula notable, una obra angustiosa que consigue de sobra su propósito de hacernos sentir esa necesaria impotencia ante la enormidad de todo lo que acontece. Spielberg consigue dejar en nuestras retinas imágenes de una contundencia difí­cil de olvidar -como esa inenarrable escena en la que asistimos al uso que los invasores hacen de la sangre humana o la pesadillesca aparición de un tren que circula a toda velocidad envuelto en llamas ante la atónita mirada de los que buscan refugio en el ferry, por poner sólo dos ejemplos- sin perder en ningún momento ese sentido de gran espectáculo que domina la pantalla y que es fruto tanto de su gran inventiva visual como del talento de todos aquellos que le han ayudado a plasmar su visión de la historia. Spielberg nos ofrece todo aquello que queremos experimentar en una sala de cine, y nos lo sirve con una calidad y una maestrí­a muy por encima de la media.