A través de los años, muchas historias como la clásica Blade Runner o la serie Battlestar Galactica han dejado bien clara su moraleja sobre el uso irresponsable de la ciencia y sus posibles consecuencias en la sociedad: nunca crees algo que no puedas controlar. En esa misma categoría entra El planeta de los simios: Revolución, que no solo reinicia la saga sino que la lleva al mismísimo punto de su génesis. Antes que nada, cabe aclarar que todas las opiniones vertidas en esta crítica no tendrán en cuenta las versiones anteriores y se juzgará a la obra por sí misma. Hecha la aclaración, déjenme decirles que el film es realmente increíble y como pocas películas en el año me mantuvo interesado durante las casi dos horas de metraje, no solo por los tremendos efectos sino también por lo atrapante de la historia y lo reflexiva en cuanto a la actitud de la raza humana frente a todo lo que la rodea.

El relato sigue la historia de Will Rodman (James Franco), un científico de una importante corporación que busca una cura para el Alzheimer. Motivado por la enfermedad que sufre su padre (interpretado por John Lithgow) y bajo la constante presión para obtener resultados de su jefe, Will cruzará la barrera ética al llevarse a un simio recién nacido a vivir con él. Ese simio genéticamente alterado llevará el nombre de Caesar (genial actuación de Andy Serkis), que luego de estar expuesto a una droga que lo hace saltarse miles de pasos en la evolución y someterse a maltratos varios por parte de los humanos, será quien lidere la revolución que pondrá en duda si la raza humana es la especie dominante del planeta.

El director Rupert Wyatt se toma su tiempo para introducirnos en la historia de los personajes y, sobre todo, la relación entre Will y Caesar pero nada de esto es en vano, ya que todo resulta relevante para ir construyendo la trama y entender el porqué de la revolución. Sin embargo la jugada más arriesgada, narrativamente hablando, es dejar de lado durante gran parte del relato al elenco humano para contar la historia desde el punto de vista de Caesar y sus congéneres. Podría haber sido desastroso para la trama pero nada más lejos de serlo. Wyatt obviamente apostó mucho a la interpretación de Andy Serkis y al gran trabajo que logró la gente de Weta Digital (los mismos que hicieron los efectos de Avatar), dicha combinación dio resultados escalofriantemente reales, ya que cada los gesto o mirada de Caesar trasmite un amplio rango de emociones.

En un elenco donde todo aquel que tenga apariencia de primate pasa a un segundo plano, el más destacado es John Lithgow en su papel de un hombre enfermo de Alzheimer. James Franco cumple con una actuación correcta sin mayores complicaciones y a Freida Pinto, su interés amoroso, se la ve bastante desperdiciada con un rol prácticamente intrascendente para la historia.

En definitiva, El planeta de los simios: Revolución es una película entretenida que no solo confía en sus grandes efectos (que los tiene), sino que también apuesta a una buena historia, a un buen contenido más allá de lo meramente visual. Uno de los mejores estrenos del año que solo el tiempo dirá qué lugar ocupa en la clásica saga de películas que supo ver brillar a Charlton Heston. Por último, si son de esos que se levantan apenas empiezan los títulos, les recomiendo quedarse unos minutos más para ver una escena extra.